
Cuando un incendio afecta a un comercio, la conversación se desplaza muy rápido desde las paredes hasta las estanterías. El titular quiere saber dos cosas: cuándo puede volver a abrir y qué parte de lo que tiene almacenado sigue siendo vendible. La segunda pregunta es más incómoda que la primera, porque implica asumir pérdidas, y es también la que peor se gestiona: lo habitual es una mezcla de optimismo y de prisa que termina en devoluciones de clientes semanas después, cuando ya no hay expediente abierto ni manera de reclamar nada. Vale la pena explicar cómo se decide esto con criterio.
El humo no ensucia el género: lo impregna
Es el punto de partida. En una deposición por humo, lo que llega al producto no es polvo que se pueda soplar, sino partículas muy finas y compuestos condensables que se depositan sobre todas las superficies y, sobre todo, se adsorben en los materiales absorbentes. Un envase de vidrio o de metal se limpia; un cartón, no, porque el compuesto ha entrado en la fibra. Un textil embolsado en plástico bien cerrado puede estar intacto; el mismo textil colgado en el expositor, no. Y hay una variable que casi nadie considera: el tiempo de exposición. Un producto que ha pasado veinticuatro horas en un local cerrado y cargado tiene un problema mucho mayor que otro retirado en las primeras horas, aunque a la vista sean idénticos.
Los cuatro grupos en los que separamos el stock
Primero, lo directamente perdido: alimentación no envasada o con envase permeable, producto quemado o mojado por el agua de extinción, todo lo que haya estado en contacto directo con el foco y cualquier artículo cuyo valor sea inferior al coste de comprobarlo. Segundo, lo recuperable con limpieza exterior: envases rígidos, vidrio, metal, plástico no poroso, siempre que el contenido esté sellado y la exposición haya sido corta. Tercero, lo dudoso, que exige verificación antes de decidir: textil, calzado, marroquinería, papelería, embalaje y productos con envoltura de cartón. Y cuarto, lo que se recupera pero pierde presentación y valor comercial: cajas, blísteres, etiquetado y expositores, que a menudo se pueden sustituir manteniendo el producto.
La prueba del olor sobre producto
Para el grupo dudoso no sirve una impresión general del local, porque quien lleva días dentro ya no huele nada. Lo que hacemos es aislar una muestra representativa en un recipiente cerrado durante unas horas, a temperatura ligeramente elevada, y comprobar después. Un material que parece limpio en frío puede empezar a oler en cuanto se calienta, y eso es lo que se busca provocar. Es una prueba sencilla, barata, repetible y, lo más importante, documentable: permite justificar ante el perito por qué un lote se declara pérdida y otro aparentemente igual se mantiene. Sin ese tipo de evidencia, la discusión se reduce a opiniones enfrentadas.
El error de limpiar antes de documentar
Es el más caro de todos y ocurre por buenas intenciones. El titular quiere reducir daños, se pone a limpiar el género el mismo día y, al hacerlo, destruye la prueba del daño. Después, cuando aparece el perito, encuentra un almacén ordenado y limpio y una reclamación por importe elevado que nadie puede sostener. La regla es simple: primero se fotografía y se inventaría, con referencia horaria y con detalle de lote y ubicación; después se separa por grupos; y solo entonces se limpia o se retira. Y lo que se declara pérdida no se tira hasta que esté fotografiado, listado y, si la compañía lo pide, verificado.
El almacén, el altillo y el cuarto trasero
En la mayoría de los comercios de Girona, el grueso del stock no está en la sala de ventas sino en un almacén interior, un altillo o un cuarto trasero. Esos espacios tienen tres características que agravan el problema: suelen estar peor ventilados, suelen contener cartón y embalaje en cantidad, y suelen ser justamente donde arranca un porcentaje alto de los incendios, por acumulación de material y por instalaciones eléctricas provisionales. Cuando el fuego empieza ahí, el residuo es mixto —seco del cartón, graso si hay alimentación, ácido si hay plástico y envases— y entre los restos salen residuos peligrosos —aerosoles reventados, productos de limpieza, baterías— que no pueden ir al contenedor del escombro: se separan, se clasifican y los recoge un gestor autorizado.
Cómo se documenta la pérdida para que la paguen
Un informe útil para el perito necesita cinco elementos. El inventario por referencia, lote y ubicación, con cantidades. La evidencia fotográfica del estado inicial, de conjunto y de detalle. El criterio técnico aplicado a cada grupo, explicando por qué un material absorbente con exposición prolongada no vuelve al lineal. Los resultados de las pruebas realizadas sobre las muestras dudosas. Y el valor declarado con la documentación de compra correspondiente. Con eso, la conversación es técnica y rápida. Sin eso, el titular está pidiendo que le crean, que es la peor posición posible en un expediente de siniestro.
Vender producto ahumado: el riesgo que no compensa
Hay una tentación comprensible cuando el margen está ajustado: sacar al lineal producto que huele «solo un poco». No compensa. En alimentación es directamente inasumible, pero también en textil, en cosmética o en papelería el resultado suele ser una devolución, una reclamación y una reseña negativa que cuesta más que el lote. Y hay un efecto añadido: el producto impregnado contamina el olor del local recién recuperado, de modo que se acaba estropeando el trabajo que se acaba de pagar. Separar y declarar es más rentable que arriesgar, siempre que se haga con la documentación en la mano.
Lo que hacemos nosotros con el stock
Lo inventariamos antes de tocar nada, lo separamos por los cuatro grupos, hacemos las pruebas de los dudosos, retiramos y gestionamos lo perdido con derivación a gestor autorizado cuando corresponde, y dejamos por escrito qué vuelve al lineal y con qué reservas. Ese apartado forma parte del informe de alcance, junto al mapa de daño del local y al inventario de equipos expuestos. Y lo decimos con la misma franqueza con la que decimos lo demás: no prometemos recuperar existencias que sabemos que no se recuperan, porque una promesa optimista en este capítulo se traduce, tres semanas después, en una pérdida que ya no cubre nadie.